Viernes 25 Mayo 2018

"No os dejéis engañar; las malas compañías corrompen las buenas costumbres." (1ª Corintios 15:33, BTX)
"Las buenas costumbres se conforman unas con otras, y por eso duran" (Séneca)
Las malas costumbres también son duraderas, porque además contagian a las buenas y las dañan. Es por eso que tenemos que saber elegir las personas con las que nos relacionamos. Recordemos el refrán popular que dice: "Dime con quién andas y te diré quién eres"; porque los seres humanos somos influenciables, somos como una esponja que absorbe el líquido a su alrededor.

Vivimos en un siglo en el que parece que todo es posible. Podemos viajar al otro lado del Atlántico en cuestión de horas, interactuar por las redes sociales con personas del mundo entero, la televisión nos muestra en directo eventos o noticias del otro del globo y podemos comer frutas y verduras frescas en cualquier temporada gracias a las técnicas de conservación de los alimentos.
Existe, además, una tendencia humanista y positivista que intenta hacernos creer que todo está en nuestra mente, que si tenemos un sueño, una meta o un deseo, siempre podremos hacerlo realidad si actuamos y nos comportamos de tal o cuál manera. A esto se le conoce como la Ley de la Atracción. Y aunque en un principio tiene cierta apariencia de verdad, no es más que la cara oculta de un sistema que intenta anular a Dios. Pues si todo lo que anhelamos con vehemencia lo podemos atraer a nuestra vida, de forma autónoma, ¿para qué depender de Dios?

"Antes bien, derribaréis sus altares, quebraréis sus estelas y talaréis sus Aseras". (Éxodo 34:13, BTX)

Los cananeos eran adoradores de dioses paganos tales como Baal, Dagan y Astoret, razón por la cual Dios decidió aniquilarlos para entregar esa región al pueblo de Israel. Era común encontrar en sus ciudades templos, altares, estelas y árboles sagrados dedicados a sus deidades, donde se hacían rituales, se ofrecían sacrificios de animales y de humanos y se daban ofrendas a los sacerdotes y dioses.

Cuando de estrategias se trata se dice que "aveces perdiendo se gana". Es la eterna disyuntiva entre lo urgente e inmediato contra lo necesario, lo importante y lo más beneficioso a mediano y largo plazo. Por eso en muchas ocasiones vale la pena perder alguna oportunidad si con eso se gana tiempo o espacio para recibir algo que redunde en un mayor beneficio. Es la estrategia, por ejemplo, de los que conservan sus acciones de bolsa cuando su precio sube después de varios días de estrepitosa caída; algunos hasta invierten más porque saben que a mediano o largo plazo sacarán un beneficio mucho mayor.

El apóstol Pablo se enfrentó al dilema de escoger entre lo que sería mejor para él y lo que era más necesario para el progreso del evangelio.

Y habitaré en medio de los hijos de Israel, y seré su Dios. (Éxodo29:45, BTX)

Al período de silencio profético que transcurrió entre Malaquías, el último profeta del Antiguo Pacto, y Juan el Bautista, el primer profeta del Nuevo Pacto, se le conoce como Tiempo Intertestamentario. Este período, de unos 450 años, se caracterizó por la ausencia de la Palabra directa de Dios a través de sus profetas como era la costumbre, aunque ya existían las Sagradas Escrituras. Fue una sombra en el tiempo, un espacio vacío, con una aparente separación y desconexión espiritual entre Dios y la humanidad.

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